Por. Constanza Ibaceta Facuse.
Una caricia, una demostración de cariño, de cercanía, de apoyo, pero para ser una demostración primero tiene que ser un acto, sin acto no hay demostración y no hay manera alguna de saber que existe un sentimiento, que hay amor, que hay cariño, es decir hay esencia pero la existencia está determinada por el acto y si un sentimiento no es demostrado es prácticamente inexistente, es mera potencia y eso no basta para existir.
Lo mismo sucede hoy con la sociedad que se queda estancada en la potencia, en la capacidad de ser o hacer algo y no se es ni se hace nada, tenemos en nuestras manos la posibilidad de mantener el mundo tal cual lo conocemos, y sabiendo lo que debemos hacer no lo hacemos, tenemos la intención y a pesar de ser tan simple, no somos capaces de llevarla a cabo.
Y si nos ponemos a pensar un poco más en esto, nos damos cuenta que lo mismo pasa con nosotros individualmente, nos conformamos con la mediocridad de ser lo que somos y no tomar el esfuerzo de llegar a la perfección del acto de alguna de las muchas potencias que llevamos. Hoy a la mayoría de las personas no les interesa en lo absoluto ser más, saber más, sabemos que siendo personas normales tenemos el potencial para llegar a la perfección, al acto puro que menciona Aristóteles.
Antiguamente en la época de los griegos, estaba tan presente en ellos este impulso a ser mas, que una sola persona podía ser al mismo tiempo un filosofo, un matemático, un cartógrafo, un físico, un astrólogo…etc. En nuestra época no muchos están dispuestos a esforzarse mas que el resto, porque basta mirar al lado y verse superior al prójimo, para sentirse bien y conformarse con su mediocridad y en realidad si superamos al inferior, no superamos a nadie, a la única persona a la que debemos superar es a nosotros mismos y si nos vamos a comparar con alguien, que sea con el mejor, porque somos en potencia el mejor, pero si nos quedamos en la potencia pura, esperando por arte de magia ser algo somos algo indeterminado que puede ser cualquier cosa pero depende exclusivamente de nosotros, lo que queremos hacer con nuestras vidas. Aristóteles postula que el cambio y la dinamicidad son factores que determinan que algo exista, en nuestra sociedad también, la manera en la que nos potenciemos nos va a dar la existencia, quizás más allá de la muerte.
Es triste darse cuenta que en realidad no nos esforzamos para conseguir nuestras propias metas, necesitamos de terceros para que supervisen nuestro desempeño y nos evalúen. Es mas, muchas veces son otros los que nos imponen metas, ya que nosotros no somos capaces siquiera de pensar en mejorar…
Ha influido en esto las circunstancias a las que estamos expuestos hoy en día, como la televisión, Internet, los medios de comunicación en general y las exigencias de la vida moderna que han hecho que el ser humano viva hacia el exterior, hacia lo mediático, lo que impide que éste piense sobre su vida, su existencia misma, de donde viene y hacia donde va. La introspección no se da por que no hay tiempo, todo es para ayer y todo debe ser entretenido, en fin, el hombre ha perdido el sentido de trascendencia. En el tiempo libre nos consume el ocio de cosas banales y lo más simples posibles, que nos enajenen de la realidad que agobia. El exitismo imperante nos impide conocernos a nosotros mismos y así transcurre la vida moderna hasta que llegado el momento de la muerte quizá alcancemos a pensar en nuestra propia existencia, sin tener ahora la oportunidad de llevar a cabo nada, no habrá tiempo.
En conclusión, cabe plantearse hasta que punto ha sido bueno para el hombre lograr los avances científicos y tecnológicos que en las últimas décadas han tenido un desarrollo insospechado, si cada vez el hombre es menos persona, ha dejado atrás el humanismo para sumergirse en la vorágine de la “modernidad”, donde las ideas propias y lo diferente es mirado con sospecha. Tendemos vertiginosamente a uniformarnos, uniéndonos como ganado a la masa, a una sociedad que no piensa, sólo actúa como robot, siguiendo la tendencia del momento, donde obviamente la filosofía está pasada de moda, no tiene cabida, aún más, estorba y molesta.
La vida es un aprendizaje, nunca paramos de aprender hasta el último minuto, y en nuestra vida tenemos el derecho y el deber de existir, y existimos en la medida de lo que hagamos y no dejemos de hacer.
Bibliografía: Santo Tomas de Aquino, EL ENTE Y LA ESENCIA. Biblioteca de iniciación filosófica 1954.
lunes, 28 de mayo de 2007
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